Agresión racista y sexista en Metro de Madrid: «Tú, panchita; tú, fea»

Una señora entra al Metro con un bebé y pide, por favor, que le cedan el asiento. Lo que debería ser un acto de educación y respeto, se convirtió en la lamentable agresión racista y, posteriormente, sexista que se vivió el pasado 21 de septiembre en el suburbano madrileño. Lluis Mosquera, uno de los testigos, lo ha narrado ahora por Twitter. «La señora era colombiana y el señor, un energúmeno», escribe el joven en redes sociales, al principio de su relato. Al hombre, según cuenta Lluis, aunque terminó haciéndolo, no le pareció bien tener que ceder el sitio solo «porque la gente estaba mirándole un poco mal».

 

«Panchita» fue el calificativo que el señor utilizó contra la mujer tras levantarse. Mostró indignación por tener que levantarse para que se sentase una «sudamericana» cuando él «lleva pagando muchos años estos asientos». Tras escuchar sus insultos, la mujer le pidió, «de forma muy educada», que se callase. Lejos de calmar al hombre, esto lo enfadó aún más. Empezó a gritar «lo español que él era y loinjusto que era tener que ceder el asiento a una panchita».

 

Los viajeros recriminaron al señor su actitud. Todos menos una persona: su amigo, que no tardó en sumarse al «circo» y apoyarle. «Tenía muy mala pinta», continúa el relato del joven. Parecía el típico con el que «no te gustaría cruzarte volviendo a casa solo un sábado por la noche». Fue en ese momento cuando comenzaron los empujones en el vagón.

 

Todo esto pasó en un convoy abarrotado de gente. Hasta que los señores se dieron cuenta de que una de las personas que les recriminaba era, también, «panchito». Según relata Lluis, «como era un hombre, y a los hombres se les puede pegar, empezó a hacerlo». Tan solo una persona del vagón fue capaz de dejar callado, por un instante, al agresor racista: una joven de 20 años.

 

La chica no era alta ni gafa, llevaba gafas y el pelo rubio recogido en una coleta. Parecía más vergonzosa que extrovertida. Pero se atrevió a plantarle cara y a decir en alto lo que todos pensaban: «Que si basta, que si no les da vergüenza… Todo con firmeza y buenas palabras». Hasta que llegó el insulto sexista. «Fea», le espetó el hombre.

 

«Me da igual estar fea. No he salido a la calle para gustarte a ti», rebatió la joven. El señor no supo qué contestar. Perdió «la batalla dialéctica» contra la chica. Su amigo realizó entonces un gesto amenazante. Fue entonces, cuando el hombre sudamericano que se había enfrentado a él al principio de la historia, volvió a escena. «¿A ella le vas a pegar? Es una chica?», fue su «inteligente» comentario.

 

Según Lluis, no lo hizo en «tono protector para ayudar a la chica, sino para ofender la supuesta hombría del agresivo». Tampoco quería una respuesta, aunque sí «pelea. Y las peleas son de chicos». El viaje en Metro terminó y los protagonistas se bajaron en su parada. Lluis concluye admirando la actitud de la chica que se atrevió a plantarles cara: «Ha sido cien veces más valiente que yo».

 

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